Hay mujeres que pasan por la vida intentando encontrar su lugar.
Y luego está Pita Amor, que decidió que el lugar que le correspondía era el centro de la escena.
Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein nació en la Ciudad de México el 30 de mayo de 1918. Era la menor de siete hermanos y creció en una familia de origen aristocrático, católica y muy vinculada al mundo del arte. Su infancia transcurrió entre una casa que conservaba los recuerdos de un pasado de privilegios y una realidad económica que ya no era la misma.
Desde pequeña estuvo rodeada de libros y de poesía. En su casa se leían en voz alta a Góngora, Quevedo, Sor Juana, López Velarde. Y mientras sus hermanas también escribían, Pita fue la que decidió salir del ámbito familiar y hacer de aquello una forma de vida.
Pero antes de convertirse en poeta, Pita fue muchas otras cosas.

Fue una mujer bellísima, modelo y actriz. Se movió entre artistas, escritores, pintores, fiestas, teatros y cabarets. Su hermana Inés dirigía la Galería de Arte Mexicano, por donde pasaron algunos de los grandes artistas del México del siglo XX.
Pita creció viendo ese mundo de cerca.
Y decidió que ella también quería formar parte de él.
Aunque, siendo Pita, no precisamente desde la discreción.
Le gustaba llamar la atención. Le gustaban los vestidos, las joyas, los grandes sombreros y, sobre todo, le gustaba ser Pita Amor.
Diego Rivera, Juan Soriano, Raúl Anguiano y otros artistas la retrataron. Su belleza era evidente, pero había algo más que llamaba la atención: una personalidad enorme, difícil de ignorar.

Y entonces, a los 27 años, ocurrió algo que nadie esperaba.
Pita empezó a escribir poesía.
No había pasado años estudiando literatura. No pertenecía a los círculos académicos. Simplemente comenzó a escribir.
Y lo hizo de una manera bastante poco convencional.
Escribía en servilletas, papeles y hasta con un lápiz para las cejas cuando no tenía otra cosa a la mano. Aquellos poemas llegaron a manos de Edmundo O’Gorman, quien la animó a publicarlos.
En 1946 apareció Yo soy mi casa.
Y ahí comenzó el mito.
Porque, por supuesto, hubo quienes no podían creer que aquella mujer, famosa por su belleza y por su vida social, hubiera escrito semejantes poemas.
Algunos llegaron a insinuar que alguien más los había escrito por ella. Pero Alfonso Reyes salió en su defensa. Y no fue una defensa tímida. La llamó un “caso mitológico”.
Pita tenía algo que desconcertaba: parecía haber aparecido de pronto, completamente formada, con una voz poética propia y una manera muy antigua de escribir poesía en una época en la que muchos buscaban romper con las formas clásicas.
Y Pita no sólo hablaba de amor.
Hablaba de Dios.
De la nada.
De la muerte.
De la angustia.
De ella misma.
Muchísimo de ella misma.
En 1953 publicó Décimas a Dios, uno de sus libros más celebrados. Para entonces ya era una figura literaria conocida en México y fuera del país. Sus poemas se recitaban en teatros y reuniones, y su fama crecía junto con su personaje.
Porque Pita Amor no solamente escribía poemas.
Pita Amor era un poema.
Y quizá esa sea la parte más fascinante de su historia.
Ella no separaba demasiado a la mujer de la poeta. Su manera de vestir, de hablar, de comportarse y de presentarse ante los demás formaba parte de esa misma construcción.
Era exagerada.
Vanidosa.
Brillante.
Difícil.
A veces insoportable.
Y también profundamente sola.

Las personas que la conocieron dejaron testimonios muy distintos sobre ella. Elena Poniatowska escribió sobre su enorme personalidad y sobre esa necesidad casi absoluta de colocarse en el centro de su propio universo. Michael Schuessler, su biógrafo, la describió como una mujer difícil, impredecible y tremendamente inteligente.
Yo creo que ahí está precisamente lo interesante.
Pita no fue una mujer diseñada para caer bien.
Y eso, para una mujer de su época, tenía un precio.
Pero también tenía una libertad.
Pita hizo algo que todavía hoy muchas mujeres encontramos difícil: decidió que no iba a disculparse por ocupar espacio.
No quiso ser discreta.
No quiso ser modesta.
No quiso esconder su inteligencia detrás de la belleza.
Y tampoco quiso esconder su belleza para que tomaran en serio su inteligencia.
Quiso ser las dos cosas.
Y más.
Pero la vida también le mostró su lado más doloroso.
A principios de los años sesenta murió su hijo Manuel, una tragedia que transformó profundamente su vida. Según Michael Schuessler, después de esa pérdida Pita nunca volvió a ser la misma. Su obra también cambió.
Con los años, aquella mujer que había sido una de las figuras más celebradas de la literatura mexicana comenzó a vivir de una manera cada vez más aislada.
Pero nunca dejó de ser Pita.
Incluso cuando ya no tenía el mismo lugar en los círculos culturales, continuó escribiendo, publicando y declamando.
Murió en la Ciudad de México el 8 de mayo de 2000, pocos días antes de cumplir 82 años.

Y ahora que conozco un poco más de su historia, entiendo por qué Pita Amor me resulta tan fascinante.
No porque fuera perfecta.
Todo lo contrario.
Porque fue contradictoria.
Porque podía ser profundamente espiritual y terriblemente vanidosa.
Porque podía escribir sobre Dios y al mismo tiempo estar completamente enamorada de sí misma.
Porque tuvo una inteligencia enorme y una personalidad que no siempre sabía —o quería— hacerse pequeña para caber en los lugares que le ofrecían.
Y quizá por eso sigue siendo tan difícil olvidarla.
Pita Amor no pasó desapercibida.
Ni quiso hacerlo.
Ella decidió que su vida sería también parte de su obra.
Y tal vez por eso su nombre sigue provocando algo cuando lo escuchamos.
Una mezcla de curiosidad, admiración y desconcierto.
A mí me gusta pensar que eso también es una forma de permanecer.
Porque hay mujeres que dejan una obra.
Y hay mujeres que dejan una historia.
Pita Amor dejó las dos.
Y, de paso, nos dejó una pequeña provocación:
¿qué pasaría si dejáramos de pedirle a las mujeres que sean menos?
Menos intensas.
Menos vanidosas.
Menos ambiciosas.
Menos ruidosas.
Menos ellas.
Pita nunca aceptó esa reducción.
Y por eso está aquí.
Entre las Mujeres de Rojo Celeste.
Porque algunas mujeres no vienen a enseñarnos cómo ser.
Vienen a recordarnos que también tenemos derecho a inventarnos.
